Salvador Dalí: Narcisismo, perversión y traumas sexuales

  • Fue uno de los máximos artistas de la historia, pero vivió reprimido y acosado por sus propios fantasmas en la burguesía catalana de principios de siglo XX.
  • La crueldad con las mujeres, su fascinación por los jovencitos andróginos y su miedo atroz a enfermarse. Los secretos de su matrimonio de cinco décadas con Gala y su gran amor prohibido.
  • La persistencia de la memoria, la obra más popular de Salvador Dalí  – cuyo original cuelga hoy en el MOMA de Nueva York pero se reproduce en miles de pósters en bares, oficinas y salas de espera de todo el mundo– es tal vez la mejor evocación del pintor surrealista acerca de cómo el inconsciente se aleja de la realidad.
Abril 1971. Salvador Dalí, durante una presentación de su retrato realizado en cera en el Gustave Moreau Museum de París ll Cortesía

Los recuerdos permanecen, sí, pero se desdibujan, pueden tomar la forma de otra cosa.

Algo parecido ocurre con La Vida Secreta de Salvador Dalí, la autobiografía que el artista catalán, nacido en Figueras el 11 de mayo de 1904, publicó a sus 38 años. En un célebre ensayo de la época, George Orwell diría sobre quien André Bretón ya había bautizado con el anagrama despectivo de “Avida Dollars” por comercializar su arte: “Dalí es incluso, según su propio diagnóstico, un narcisista, y su autobiografía es simplemente un acto de strip-tease. Tiene valor como registro de la fantasía y de la perversión del instinto”. No importaba, decía el autor de 1984, si esa perversión de Dalí era real o imaginaria, porque, en definitiva, hablaba de lo que habría deseado ser.

En sus memorias, el hombre que hizo una marca de su coqueteo con la locura (“la única diferencia entre un loco y yo es que yo no estoy loco”, decía) y de su famoso bigote “a las diez y diez”, aseguraba, sin que nada de eso pudiera probarse, que a los cinco años había empujado a un niño desde lo alto de un puente colgante y a los seis le había dado una “patada terrible” en la cabeza a su hermanita de forma premeditada, “como si fuera una pelota”.

Esa crueldad sin fundamento se sostendría en el tiempo, especialmente contra las mujeres: sus biógrafos coinciden en que le tenía aversión al sexo y a los genitales femeninos y en que, hasta que conoció a Gala, solía cultivar vínculos con quienes lo admiraban, solo para sentirse después asqueado por ellos. Por ejemplo, jugó durante cinco años con una chica que estaba enamorada de él, y a la que excitaba con besos y caricias, pero con la que se negaba sistemáticamente a consumar la relación.

El mismo admitiría que cuando conoció a Gala –en realidad, Elena Ivánovna Diákonova–, era virgen. El tenía 25 años, ella, diez más, y llevaba 17 de un matrimonio con el poeta Paul Eluard que rompía todas las convenciones del momento y que sería transgresor incluso en nuestros días: libre, creativo, apasionado, poliamoroso y con una hija, Cécile, a la que aquella sofisticada soviética no tenía intenciones de cuidar. Dalí dijo ver en ella “un efebo femenino” cuando la pareja llegó con Cécile a Cadaqués en el verano de 1929.

En sus largas caminatas por la Bahía de Portlligat, hablaban sobre traumas infantiles, surrealismo y coprofilia. Es que el resto del grupo, en el que se encontraban René Magritte y Georgette Berger y un furioso Luis Buñuel –que planeaba colaborar con el artista en el guión de La edad de oro, pero lo encontró “transformado, no hablando más que de Gala”–, había captado la fascinación de Dalí por la entonces Madame Eluard y le había encargado que le preguntase si era coprófago para burlarse del cuadro que estaba pintando, en el que se veía en primer plano a un hombre manchado de excrementos.

Dalí se rindió entre risas ante su enamorada: “Aborrezco conscientemente ese tipo de aberración tanto como pueda aborrecerla usted. Pero considero a la escatología como un elemento de terror, igual que la sangre o mi fobia por las langostas”. Después le contó que su padre, respetado escribano de Figueres, había llegado un día a su casa diciendo que “se había hecho encima”, y que tal vez la referencia en su obra provenía de ahí. Le confesó que le recordaba a una niña de su pasado y la bautizó “Galushka redivida”. Finalmente conmovida por su sinceridad, Gala le anunciaría, como una promesa: “Niñito, tú y yo no nos separaremos nunca”.

En Dali Parlat (Dalí Hablado), el libro que recoge las entrevistas que el periodista barcelonés Lluís Permanyer mantuvo con el pintor en 1962, 1972 y 1978, dice que, sin embargo, en aquellas primeras semanas, no tuvieron relaciones sexuales: “Besé sus labios que se entreabrieron. No había besado así, profundamente, e ignoraba que pudiera hacerse. De un solo impulso, todos mis parsifales eróticos despertaron bajo las sacudidas del deseo en mi carne durante tanto tiempo tiranizada”.

La sexualidad de Dalí, tratándose de un admirador de Freud como era, da para un tratado en sí mismo. Según declaró en una entrevista con Playboy en los años sesenta: Le tenía un miedo fantástico al sexo. Tenía miedo de ser impotente, porque leí un libro erótico que hablaba de la costumbre española tan brutal de hacer el amor, no por delante sino por detrás, y dice que la mujer produce un ruido como si rompieras una sandía. Sentí que era imposible que yo pudiera provocar ese ruido y esto me creó un complejo de impotencia. Pero después descubro que no soy impotente”. A Permanyer le contó, además de lo de la sandía, que había descubierto que su pene era bastante más pequeño que el de los demás, a lo que se sumaba un atroz temor a contraer enfermedades venéreas y, por lo tanto, al contacto físico. En su primera visita a París, contaba, había recorrido burdeles limitándose a masturbarse mientras miraba a las prostitutas a distancia, para evitar cualquier hipotético contagio.

Lo perturbaba también otro tema que mencionó en varias ocasiones: su latente homosexualidad. Junto a Buñuel, y en un hecho extraordinario, eran grandes amigos de-Federico García Lorca: eran quizá los tres artistas más importantes de la España del siglo XX y compartían la intimidad. Pero, entre Dalí y Lorca, la amistad fue más allá: la suya fue una historia de amor atormentada a la que solo puso fin el asesinato del poeta en 1936.

“Fue un amor erótico y trágico”, le dijo el pintor al hispanista Ian Gibson que lo retrató en La vida desaforada de Salvador Dalí. Ya había contado que en el 26 Lorca había intentado penetrarlo analmente en dos ocasiones pero él no fue capaz porque “no era pederasta y le dolía” (sic). Para Gibson, el autor de Bodas de sangre fue el ver dadero gran amor del genio del surrealismo, un amor que no se permitió porque “a lo que más le temía en la vida era a ser homosexual”.

Los traumas de los que hablaría con Gala se completaban con los miedos y la represión propia de haber sido educado en una típica familia burguesa catalana de principios del siglo XX. Permanyer también llegaría a preguntarle en sus entrevistas, “¿Por qué siempre habla de sodomizar a Gala?”, a lo que Dalí respondería: “Es lo que más me seduce. He de manifestarle que a mí los pechos y el sexo femenino no me interesan. Me interesa el culo. Porque el culo es un agujero claro, limpio y sé lo que allí hay. En cambio en el sexo femenino hay labios, clítoris… confusión. Uno se extravía… Además por ahí nacen los niños. Jamás ha salido nadie por el ojo del culo”. (sic)

¿Quién fue Gala entonces en la vida de Dalí? “La mujer que le permitió ir por la vida como si fuera heterosexual”, dice Gibson. Alguien de quien “dependía como un niño y lo cuidaba a su vez como una madre”, dice la escritora Monika Zgustova, autora de La intrusa: Retrato íntimo de Gala Dalí. Pronto comenzó a ejercer como intermediaria de su obra, casi como una marchand que se ocupaba del dinero (de la misma manera que había impulsado antes la carrera de Eluard), pero su papel iba mucho más allá. Ella no era sólo una modelo pasiva, una musa: decidía cómo quería salir en el cuadro, se disfrazaba de lo que quería –dice su biógrafa, Estrella de Diego–. Aquello fue un proyecto común. Ella era su propia obra y construía la mirada de Dalí, cosa que él reconoció firmando como ‘Gala Salvador Dalí’. Más que coautores, eran el personaje a dos que se inventaron”.

Sobre todas las cosas, Gala estaba ahí para cubrir la incapacidad social de Salvador, sus ataques de ansiedad, su tener que sentarse en la última fila del cine por si tenía que salir corriendo, todo aquello que hacía que solo pudiera salvarse si aparecía en público detrás de un personaje: el del loco pintor surrealista.

Se casaron en el consulado de España en París a fines del 34, cuando ella se divorció de Paul. Aunque el poeta volvió a casarse a su vez con la famosa modelo de Man Ray Nusch, nunca dejó de escribirle cartas de amor a Gala ni de acostarse con ella, incluso cuando ya estaba con Salvador.

Habían pasado en Francia la guerra civil. Y cuando sobrevino la Segunda Guerra Mundial, se exiliaron en los Estados Unidos. Antes de embarcar desde Lisboa, en 1940, Dalí quiso volver a Figueres a despedirse de su padre y de su hermana Anna María. Encontró a su padre convertido en franquista y a su hermana traumatizada después de haber sido torturada y violada por los republicanos. “El ensayo revolucionario ha sido tan desastroso que todo el mundo prefiere a Franco”, escribió entonces. Breton ya lo había acusado de defender a Hitler, algo que Dalí refutó, aunque insistía en que el surrealismo podía existir en un contexto apolítico, y se negaba a denunciar públicamente el régimen fascista alemán. Fue por eso que lo expulsaron del movimiento tras someterlo a un “juicio surrealista”. La réplica del catalán pasaría a la historia: “Yo soy el surrealismo”, respondió.

Tras un exilio dorado en América, la pareja regresó a la España franquista en el 48. Diez años más tarde, tras la muerte de Eluard, se casarían por Iglesia en secreto en el Santuario dels Àngels, en Sant Martí Vell, de Girona. Llevaban tres décadas juntos y los únicos testigos fueron cuatro curas y un secretario del juzgado. Ni siquiera hay fotos del evento: el secretario tomó unas instantáneas, pero al revelarlas descubrió que estaban veladas. “Me gustaría que toda mi vida se convirtiera en un ritual. Dalí es lo contrario de todos, porque todos se divorcian continuamente, mientras que yo me caso con mi mujer una y otra vez”, diría el pintor sobre sí mismo, asegurando que volvería a casarse, aunque jamás llegó a hacerlo.

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